El Origen (Auto-biografía).
1 de Septiembre de 2010Soy Paul Ramirez, mis ojos se abrieron por primera vez una vispera de navidad de un año cualquiera, entre pañalaes viejos y cunas de segunda mano, a una humilde y creo que honrada familia de Heredia. Crecí flaco y con zapatos rotos, pasando por abajo de cercas con alambres de púas y corriendo en potreros llenos de vacas. Mi madre luchó mucho para que yo no me enfermera y en el hospital solia sujetarme una mascarilla de gas en la cara, que pocas veces entendí para que servía mientras me sostenía medio desmayado en sus regasos.
Creo que alguna vez fumé la colilla de un cigarro de las que mi abuelo arrojaba por la puerta y se amontonaban cerca de la casita de Boby, el viejo perro que no conoció más que 25 metros de planeta a la distancia de su larga correa. Pienso que abuelo nunca me defraudó porque nunca me prometió nada, solo aquella única vez que aseguró pagarme una cirugía de ojos para que ya no tuviera que usar esos anteojos culo-de-botella que tenía, eso si corriera con suerte en la loteria. Abuelo no llegó a ganar en loterías más que 25 mil colones una sola vez y que no hubieran alcanzado ni para lentes más delgados. Si lo quisieras saber, abuelo, ¡Ya logré hacerme la cirugía, descansa en paz también con eso!
No recuerdo tantas cosas de mi pasado en realidad, la única foto de niño como referencia que mis padres lograron costear tenía ya 5 años y no recuerdo porque pero salgo llorando. Desde niño aprendí a hacer algo útil; cuando mis padres no podían regalarme juguetes por la falta de dinero entonces dibujaba lo que quería; dibujé tantos carros llantones, carros deportivos, robots, dinosaurios, animales de la selva, dibujé a Bruce Lee, a Garfield, y como 100 Tortugas Ninja, la primera persona en explotar mi naciente talento fue mi maestra de primaria en la escuela, que a propósito de sustituir los laboriosos carteles me prestaba la pizarra para copiar con tiza cuanta ilustración había en sus libros, nunca gané nada por eso pero practiqué mucho mi talento. Un día después de enterrar a mi abuela supe que Ella, por genética, le había heredado el talento estético a mi padre, y mi padre a mí después; fue extraño porque nunca vi un solo dibujo de ella, nunca la vi hacer con sus manos más que sopa y tortillas.
Lo de llevar los zapatos rotos aun me ocurre, ya no tanto por la falta de dinero para comprarlos si no por la pura costumbre.
Muchas veces me preguntó que habré heredado de mis otros abuelos por el lado de madre, es difícil saberlo porque nunca los conocí, ellos murieron cuando mi madre tenía tan solo 15 años, la desgracia de eso puso a mi madre en el papel de cenicienta en la casa de una inescrupulosa tía de ella; la historia exacta no la sé y me hace un nudo en la garganta tener que preguntar.
La vida del campo, mis abuelos y mis zapatos rotos me han enseñado esto: a no estimar lo que llega fácil, a valorar un buen dibujo, a caminar hasta donde llegue la suela y no detenerme a esperar, a soportar todo lo que lástima cuando se hace algo en favor otro ser humano.











