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	<title>Paul Ramírez</title>
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	<pubDate>Wed, 01 Sep 2010 17:45:24 +0000</pubDate>
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		<title>¡Deme un pollo entero por favor!</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Sep 2010 17:45:01 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[- ¡Deme un pollo entero por favor! - Exclamó con diligencia y voz seca   pareciendo saber lo que pedía, pero con la incertidumbre en su interior   de que aquello fuera un verdadero manjar. El olor fuerte del aceite con   el carbón y las carnes cocidas por las brasas se [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>- ¡Deme un pollo entero por favor! - Exclamó con diligencia y voz seca   pareciendo saber lo que pedía, pero con la incertidumbre en su interior   de que aquello fuera un verdadero manjar. El olor fuerte del aceite con   el carbón y las carnes cocidas por las brasas se distinguía desde 100   metros de largo. En lo oscuro de pie frente a rejilla donde se pasaban   los pedidos recordarían aquel día, mucho tiempo atrás cuando siendo   niño en la casa sus padres, sentado en la mesa enchapada en fórmica con   patas de hierro atornilladas, desmembraba una pechuga en capas a manera   de cirujano curioso, examinando el extraño animal inmolado y servido  en  un plato de plástico con tortillas y una servilleta.  Mientras  desenroscaba el hueso que normalmente venia inserto en medio  de las  capas de piel le había parecido ver como el espeso humo expelido  por el  calor del cadáver subía acompañado con el mismo olor de aceite y   carnes chamuscadas hasta el techo y se colaba entre los espacios abierto   de las tejas y los maderos, después corria por el escudo de zinc para  bajar de nuevo por la pared  encalada hasta el jardín de tres masetas  descuidadas, dirigiéndose luego  por el ancho portoncillo azul por donde  había entrado y recorriendo el  mismo camino por donde había venido,  llegando hasta el lugar se su  holocausto para dar tres vueltas y  continuar su viaje hasta una  pequeña granja donde había un camión de  cajón de lata cerrado junto a un  patio  enrejado lleno de gallinas. Ahí  mismo el espectro pareció familiarizado  con un cascarón de huevo  quebrado junto a una pluma sostenida con una  piedra que se carbonizaba  con el sol y se fundía lentamente con el  suelo.</p>
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		<title>Heredia</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Sep 2010 17:43:44 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Las mañanas son un poco sombrías en las callecitas céntricas de Heredia;  el frío es tan insistente como si el cielo quisiera derramar nieve por  primera vez en el trópico. Por las quebradas aceras apenas algunos  soñolientos vecinos pasan buscando camino hacia su trabajo o rastreando  presurosamente donde comprar el pan [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Las mañanas son un poco sombrías en las callecitas céntricas de Heredia;  el frío es tan insistente como si el cielo quisiera derramar nieve por  primera vez en el trópico. Por las quebradas aceras apenas algunos  soñolientos vecinos pasan buscando camino hacia su trabajo o rastreando  presurosamente donde comprar el pan para el desayuno. Aún se distinguen  algunas lámparas municipales apagándose al mismo tiempo que se encienden  luces amarillas en las ventanas de las casas. Todavía huele a sueño,  encandilado por la sorpresiva claridad de la mañana cruzo el ancho  portón de la cochera, pesado y de escaso color, determinado como el  punto de partida para empezar a correr; con un viejo calzado deportivo  tan poco adecuado para la empresa del ejercicio que le da un aire de  aventura a aquella proeza. Tratando de despabilarme con la consigna de  no ser arrollado por algún descuidado conductor obligado a despertarse  con la fuerza de unos tragos de café. Algunos metros más adelante, ya  con nociones más claras y una naciente energía surgiendo desde los  muslos hasta los hombros, las respiración acelera y el sonido de las  pisadas fuertes sobre el asfalto mueven de mi inconsciencia la  existencialista idea de estar vivo y dar gracias por el día y por la  vida misma al Padre Creador.</p>
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		<title>Poás</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Sep 2010 17:42:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Vinieron a ponerle el nombre de Poás al lugar donde yo vivía, para la confusión de muchos que, a más de 60 kilómetros del conocido volcán con el mismo nombre, solían equivocarse con las direcciones. En aquellas épocas de mi niñez, las calles de Poás estaban llenas de piedras ardientes y polvo que también adornaban [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Vinieron a ponerle el nombre de Poás al lugar donde yo vivía, para la confusión de muchos que, a más de 60 kilómetros del conocido volcán con el mismo nombre, solían equivocarse con las direcciones. En aquellas épocas de mi niñez, las calles de Poás estaban llenas de piedras ardientes y polvo que también adornaban las ventanas de los buses con cortinas de color café. Garabateando dibujos en mi cuaderno de hojas de periódico escuchaba desde mi pupitre, hecho de madera que apenas se sostenía con la fuerza de tres clavos que yo mismo le puse, una carreta rodando lentamente al ritmo de los casquillos de los bueyes, cargada con apenas unos leños secos diestramente seleccionados por un soñoliento campesino, que algunas veces alcancé a ver por el vidrio roto de la ventana de arriba.</p>
<p>Las montañas de aquel pueblo teñían de frío cada hora de la mañana y al último cacareo del gallo empezábamos a bajar caminando por la callecita angosta que llevaba a la escuela, tratando de seguirle el ligero paso a mi primo, el de los ojos gatos y el más malhumorado de la familia, a precio de no transitar solo por aquel camino y tropezando constantemente con las piedras, en algunas ocasiones el silencio de mi primo me permitía apreciar espléndidos óleos pintados sobre la parte del cielo por donde salía el sol.</p>
<p>Crecí con leyendas como si fueran ciertas, investigando que tramaban los duendes, alertando a mi abuela de los coyotes que se comían de un bocado a las gallinas y buscando donde se hacían los rituales de los fantasmas de los indios condenados a vigilar aquellas tierras de sus antepasados. Quizás por eso se deba la irremediable sensación de temor cada noche al regresar de mis estudios de diseño, caminando con el paso lijero que aprendí de mi primo, cargado de cartulinas, lápices de todo tipo, y algunas herramientas de plástica obsequiadas por compañeros, que además del dinero que en secreto me daba mi primera novia tan atenta al chico flaco de cabello descuidado y anteojos gruesos que era yo, alcanzó escuetamente para terminar la secundaria. La necesidad llegó a ser tan fuerte como la misma amistad que permaneció en los compañeros muchos años después; y en el día de la graduación, portando por última vez la camisa verde ya desteñida por el uso, recordaría yo el sonido de la carreta del viejo campesino majando el polvo frente a la escuela.</p>
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