Inspirado por: “No te rindas”
8 de Junio de 2011Me faltaban las fuerzas y había un desánimo constante traspasando cada hora del día. Mi figura en el espejo era como un fantasma hinchado, un bulto pesado que imitaba mis movimientos, pretendiendo ser yo, pero puedo asegurar que no era el “yo” que siempre conocí.
El armario estaba lleno de empolvados pantalones en desuso que ahorcaban la cintura, junto a ellos, algunas camisas estiradas del cuello y de las mangas, listas ya para la ceremonia de reciclaje.
Por aquel tiempo pasaban los días como si estuviera enfermo y cansado, culpando a cuanta cosa pareciera ser digna de culpa de mi condición de animal de engorde, listo para el festín de navidad. La resignación se podía tragar entre los sorbos del café y de la repostería de la tarde… de cualquier tarde de esos días.
Yo había ganado algunas batallas antes. Recordaba entonces mi cuerpo frío sobre la mesa de operaciones esperando la redentora cirugía que me libraría de las tinieblas de mi infancia. Recordaba también mis dientes alineados entre fierros metálicos y el día cuando el odontólogo removía los horribles frenillos de mi boca. Pero esta vez parecía que la realidad era más fuerte que yo y que no podía esconder la verdad; los anchos muslos, la papada hinchada, y la barriga redonda saliéndose de la camisa me habían derrotado aquella mañana en el consultorio médico frente a la doctora que sostenía el resultado de los exámenes. Aquellos papeles no parecían ser nada favorables; ella los miraba mientras desamarraba un nudo de su garganta y de entre sus palabras técnicas alcancé a entender que decía: “… usted no está bien…” Minutos después no supe a donde ir ni que hacer, había llegado hasta ese lugar donde se acababa mi camino y asimismo todas mis respuestas. Dentro de mi interior noté que a mi vida le pasaba algo que nunca antes le había pasado: “se detuvo”. Ese día, estoy seguro, atardeció más lento que de costumbre y la noche fue más larga que otras noches.
La mañana siguiente desperté y seguía con la mente dispersa y congelada, mi cuerpo estaba como un tronco caído sobre la cama; de nuevo cerré fuertemente los ojos como si no quisiera despertar, respiré profundo una y otra vez. Entre esa zozobra y desconsuelo, sin esperarlo, escuché la voz de Dios diciendo “No puedo amarte menos”, junto con sus palabras entró en mi cabeza la posibilidad de convertir todo esto que me pasaba en una buena historia de su amor para contar.
Unas horas después, ya despierto, se me venían a la mente las historias del perro-viejo de Osvaldo contando como bajó de peso eliminando todo el azúcar de su dieta. Recordé también a Marianela calculando las calorías de un pedazo de barra de chocolate. Me imaginé a Oscar corriendo en las mañanas frías por las calles de Tres Ríos. También recordé a una señora que, en el autobús, recomendaba cápsulas de Omega 3 para quemar las grasas. Se me vinieron a la mente cien personas más tomando agua, corriendo en la calle, comprando pan integral y comiendo ensaladas. Me pareció que todo esto era una respuesta, la solución que necesitaba.
Fui llenando este profundo vacío con el anhelo de volver a ser yo, el de antes, aquel que siempre había sido. El que lucha.
Desde aquel día todos mis almuerzos fueron ensaladas; la Splenda sustituyó al azúcar en la alacena; en el carrito de supermercado no faltó la leche sin grasa y el queso tierno; el yogurt y el atún light; el cereal y el pan integral; me parecía mejor comprar galletas soda en lugar de papas tostadas; reemplazaba las pastas y los almidones por verduras; y sustituía todo por productos con soya, incluso el aceite para cocinar; también cambié los dulces por frutas. No volví a la panadería, ni a la pizzería, ni a ninguna soda del barrio, ni al Food Court del Mall. Me metí al spinning y salí a correr los pocos metros que podía correr. Y de alguna manera supe que, cuando despertara mañana, todo iba a estar bien de nuevo. Cada semana hasta el día de hoy sigo visitando una balanza de el centro comarcal, la misma balanza desde aquel día la miro con cierto temor pero con el respeto que le merece al único testigo de mi historia y dura recuperación. Por eso es bueno y procuro tener siempre 200 colones en mi bolsa y una inspiración en la mente -”no te rindas”-.










